Mejorar a mejor.

Más rosas.

Cambiamos los cielos lisos y despejados, por los atestados de nubes y algún que otro claro; pasemos de vivir en una cuidad de doscientos y pico mil habitantes, a un pueblín de doce mil y pico; pasemos de vivir en una casa rodeada de asfalto, a vivir en otra con terrenín alrededor; cambiamos la bitrocerámica y horno eléctricos, por una cocina de gas butano (con su horno también de gas); ya no usamos la caldera de gasoil para estar calentitas en invierno, ahora usamos una cocina de carbón que además puedes cocinar; cambiamos los ruidos de los coches, los pitidos y su música a todo trapo por el tañido de una campana, y por balidos, ladridos y graznidos; los saludos a los vecinos se han prolongado, de un hola y adiós se han convertido en charlas de veinte minutos como mínimo; la fruta y la verdura ya no la compramos envasada; y es que, cuanto más comparo el antes y el después, más me gusta el camino que hemos escogido.

Pese a ello, la casa que adquirimos, no para de pedir reparaciones y nuestros bolsillos, de resentirse. ¡Ay! Si yo conociera a más gente por estas tierras que no trabajase en euros y nos lo hiciera todo en copinos, ¡Qué felices seríamos! Está claro que el camino a la autosuficiencia lleva su tiempo, y ¡Su dedicación!

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